Capítulo cuarenta y tres. Solo un consejo

Rafa le dio un suave tirón a Sofía para sacarla de la marea de baile e intentó llevársela aparte, pero las manos de Aran y Sol aparecieron de la nada para propinarle lo que pareció un casual empujón al chico y arrastrar a su amiga hacia el extremo contrario del salón. Ella no se dio cuenta de lo que estaba pasando, pero de repente estaba en un círculo de personas que habían improvisado un limbo con la guadaña de plástico de alguno de los invitados, y estaban haciendo pasar a la gente. Sofía, siguiendo la inercia del resto, tuvo su turno y casi estuvo a punto de caerse de espaldas. Afortunadamente Salva estaba allí para recogerla.

—¡Pero deja de beber, que no te sostienes! —se burló, y ella fingió que le daba un puñetazo.

—¡Calla, que tú has bebido más que yo!

Los dos estallaron en carcajadas y automáticamente se escuchó la voz de Mario gritar:

—¿He oído beber? ¡Chupito!

El tequila no le pareció a Sofía tan fuerte como en otras ocasiones. Cuando se lo comentó a Aran, ella le dio unas palmadas en la espalda y dijo que tener la barriga llena de ginebra ayudaba mucho. Aprovechando que Jorge había ido a sentarse con Roberto, Marta se hizo la dueña de la pista con sus movimientos. Sofía no recordaba haber conocido a nadie que bailase así de bien. Era increíble cómo su cuerpo y la música iban perfectamente acompasados. En medio de un giro, se le echó encima Carlos, que traía a Yago del cuello y daba gritos incomprensibles con el volumen de la música y las conversaciones. Marta le hizo una seña, para que repitiese el mensaje, y entonces Sofía escuchó:

—¡Que lo han cogido! ¡Que lo han cogido!

La chica de melena rizada dio un chillido, levantó los brazos y se lanzó a llenar a Yago de besos. Sofía interrogó a Carlos con la mirada y él, sonriendo todo lo que podía, la tomó de los brazos y empezó a dar vueltas, haciendo como que bailaba.

—¡Que Yago tiene un trabajo nuevo! Hizo una prueba hace tiempo y le acaban de llamar. ¡Le han dado el puesto!

—¡Eso es genial! —exclamó Sofía—. ¿Y de qué es? ¿Dónde va a trabajar?

—En un bar de Huertas, poniendo copas. ¡Ay, niña, no te imaginas la alegría que tengo en el cuerpo! —Carlos la estrechó muy fuerte, llevado por la euforia, y ella se quedó sin respiración un momento.

Cuando la soltó, Marta seguía enganchada de Yago y hablándole a toda velocidad. Él, que también luchaba por recuperar el aire, acogía las muestras de cariño con una sonrisa tranquila. Poco a poco, todos los amigos se fueron enterando y las felicitaciones se sucedieron, pero Sofía no encontró el momento de acercarse a darle la enhorabuena. Había demasiada gente a su alrededor. Hasta Rafa se aproximó a darle un fuerte abrazo, y luego se volvió hacia Sofía, diciendo que era una persona muy escurridiza. Aran volvió a ponerse entre el chico y ella y dijo que necesitaba urgentemente ir al baño y que no sabía dónde estaba; le pidió amablemente al anfitrión que la condujese hasta él. A Sol le dio un ataque de risa que Sofía no entendió. Salva pareció hacerle una pregunta a su amiga china con los ojos, y ella simplemente lo cogió de la mano y le hizo dar una vuelta al ritmo de la canción. Yago empezó a caminar disimuladamente hacia detrás, y cuando se presentó la oportunidad, volvió a desaparecer.

Quique apareció detrás de las chicas, moviéndose de manera sugerente, asegurando que la noche estaba siendo cojonuda. Una canción tras otra, una copa después de la otra, se pasaban las horas en lo más alto de la diversión y la alegría. Sofía se abanicó con las manos y sintió un molesto picor en el cuero cabelludo. Pensó que ya había tenido puesta la peluca demasiado tiempo. Le dijo a Sol que iba a tomar el aire, porque estaba muerta de calor, y al pisar el césped le entró un escalofrío. Se quitó la peluca y se rascó la cabeza mientras buscaba un lugar para sentarse, y en uno de los sofás del porche, un poco apartado del resto, diferenció la silueta de Yago y la débil luz de su cigarro. Pensando que era una ocasión idónea para felicitarlo, se acercó con cierta timidez pero sin poder esconder su entusiasmo. El alcohol sujetó bastante bien su nerviosismo. Llegó a su lado y carraspeó un momento. Él apenas se volvió para mirarla.

—¿Me puedo sentar? —le preguntó y él se encogió de hombros con una sonrisa.

—Claro. El sofá no es mío —Sofía sonrió. Se dejó caer entre los cojines y se abrazó las piernas, mirando a Yago con ojos brillantes.

—Felicidades por el nuevo trabajo —le dijo—. Imagino que estarás muy contento.

—Pues la verdad es que sí —admitió él, echando el humo lejos de ella—. Ha sido una sorpresa agradable. Ya tenía ganas de cambiar de aires. Si estoy demasiado tiempo en un sitio, termino por aburrirme.

—¿Vas a seguir trabajando en Lavapiés? ¿O cambias ese bar por el nuevo? —Sofía se frotó los brazos y las manos, porque se estaba quedando helada muy deprisa pero no quería volver dentro.

—No, de momento no me puedo permitir dejar ese antro, pero espero que no sea por mucho tiempo. Así que estaré en los dos sitios. Tampoco es la primera vez que tengo dos trabajos a la vez. ¿Quieres la chaqueta? —se dio un tirón de la ropa para enfatizar la pregunta y levantó la ceja—. Te estás muriendo de frío.

—¡Qué va! No hace falta —mintió ella. Yago esbozó una media sonrisa y se subió la cremallera con recochineo.

—Tú misma —dio una calada y se dejó caer sobre las rodillas. Señaló con la barbilla el amasijo de pelos negros en que se había convertido su peluca y comentó—: Eso tiene pinta de ser incómodo de narices.

Ella resopló y asintió con vehemencia.

—No te lo imaginas. Lo vi en la tienda y pensé que sería una buena opción, porque ya trae todos los abalorios del pelo y así no tendría que comprarlos aparte. Pero después de dos horas, me pica todo —y para confirmarlo, se rascó el cuello. Aprovechó para recogerse el pelo en una coleta que le quedó desastrosa, dejando caer varios mechones sobre su cara y sus hombros—. ¡Pero el vestido me gusta! Mi mejor amiga me ayudó a coserlo. Teniendo en cuenta lo poco que hemos cogido las agujas, yo creo que no nos ha quedado mal.

Yago solo sonrió. Sofía, como siempre que estaba con él, sintió que se le había desatado la lengua y que quería contarle mil cosas. El corazón le latió un poquito más deprisa cuando siguió hablando:

—Mi abuela era la que me hacía todos los disfraces —se rió bajito y tuvo otro escalofrío, pero esta vez fue agradable—. A ella le hubiera encantado vernos a todos vestidos así. Seguramente se hubiera ofrecido para fabricarnos los trajes. Era una mujer muy alegre, ¡hasta hubiese venido a la fiesta ella misma!

Yago tiró la colilla en el cenicero de la mesita de café que tenían delante, donde también estaba esperando un tercio de cerveza. Se deshizo la coleta y su pelo oscuro se desparramó por su frente, pero lo echó todo hacia un lado para girarse hacia ella. Su expresión se había vuelto muy tierna, pero Sofía no se dio cuenta.

—¿Y le gustaba bailar?

—¡Mucho! —exclamó ella. Cruzó las piernas y se movió hasta quedar colocada hacia el chico, que la miraba con una sonrisa—. En teoría no podía hacerlo, porque tenía las rodillas hechas polvo. Pero a ella le daba lo mismo, ¡y siempre estaba cantando! —el recuerdo tan bonito de su abuela había encendido el ánimo y la alegría de Sofía, que movía mucho las manos mientras hablaba. Inspiró profundamente y echó un vistazo al cielo—. La echo mucho de menos.

—Seguro que está aquí —dijo de repente Yago, y ella lo miró, sorprendida. El chico señaló hacia la casa, donde continuaba la fiesta—: Por aquí, entre la gente, siendo el alma de la fiesta. Y si no, seguro que está bailando ahora mismo, allá donde esté.

Sofía sintió un pellizco en el corazón.

—¿Tú crees? —susurró. Y tuvo una sensación desconocida cuando él le respondió:

—Claro. Los ángeles también bailan.

Se sonrieron y a Sofía le dolieron las mejillas de lo grande que fue su sonrisa. Contuvo el impulso de abrazarlo, pero no pudo evitar cogerle la mano y apretarla, llena de emoción.

—Gracias —murmuró. Él arqueó la ceja, le devolvió el apretón y después se soltó para darle un golpecito en la frente. Ella se rió e interpretó el gesto como una sutil manera de decirle que se alejase. Captó la indirecta, se echó un poco hacia atrás y se llenó los pulmones de aire.

Yago se llevó la mano a la chaqueta y empezó a jugar con el mechero. Se estableció un rítmico tintineo del anillo de plata contra el plástico.

—¿Sigues sin tener frío? —preguntó, y Sofía no rechazó el abrigo por segunda vez. Se lo estaba poniendo cuando, sin venir a cuento, la voz de Yago voz abandonó aquel tono cariñoso y volvió a recuperar cierta aspereza, como si estuviese tratando un tema espinoso—. Escucha… Yo no suelo meterme donde no me llaman, ¿pero te puedo dar un consejo? —Sofía asintió, entre curiosa y sorprendida—. Ten cuidado con Rafa.

La chica se quedó con un brazo a mitad de meter por la manga. Creyó haber oído mal y se tomó su tiempo para responder:

—¿Y eso?

—No es un tío demasiado elegante con el sexo femenino —fue todo lo que él respondió, y dio un trago de cerveza. Sofía estaba de verdad asombrada; aquello no se lo esperaba. Se puso bien la chaqueta y bajó las piernas al suelo.

—Creía que era tu amigo…

—Y es mi amigo —Yago se pasó los dedos por los labios—. Justamente por eso, lo conozco lo suficiente como para decirte que vayas con ojo. Es buen colega, pero tenemos formas muy diferentes de hacer las cosas. Carlos y yo nos metemos mucho con él, porque decimos que le gustan todas y que no renuncia a ninguna. No serías la primera niña a la que hace polvo. Y lo de Claudia…

—¿Es que estás preocupado por mí?

Yago dio otro trago de su cerveza y se encogió de hombros.

—No. No lo sé. Es que pareces…

Dejó la frase en el aire, como si le diese vergüenza continuar. Se pasó las manos por el pelo. Sofía le instó con una mirada intensa. Finalmente él soltó un suspiro y acabó:

—No te ofendas, pero pareces una persona sensible.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Fácil de herir —clarificó Yago, y en sus ojos hubo un brillo, una sensación que la chica no supo interpretar del todo. Era dura, severa, pero también tranquila. Como si tuviese una certeza total de lo que estaba diciendo—. Eres libre de hacer lo que quieras, por supuesto. Pero no dejes que Rafa te desbarate demasiado. No te creas especial, ni pienses que es verdad todo lo que te dice. Seguro que no eres la única con la que anda haciendo el tonto. Sé más inteligente que eso. Solo es un consejo.

Sofía ya estaba abriendo la boca para responder cuando el anfitrión apareció frente a ellos, como si lo hubiesen invocado. Se dirigió directamente a Yago, al que lanzó una mirada de incomprensión, como si no terminase de explicarse qué hacían ellos dos solos fuera de la fiesta.

—Hola, pareja. ¿Interrumpo algo? —Sofía se quitó rápidamente la chaqueta y la dejó a su lado. Yago volvió a arquear la ceja, pero no dijo nada. Rafa se frotó las manos y continuó—: Hermano, ¿te la puedo quitar un momento? ¿Me la prestas?

El chico se encendió un cigarro despacio, tranquilamente, y sus ojos oscuros se iluminaron un segundo con la pequeña llama del mechero.

—¿Por qué no eres lo suficientemente hombre como para preguntarle a ella si quiere irse contigo? Yo no tengo que prestarte nada.

Rafa rompió a reír.

—Siempre tan intenso, Yago —canturreó, y Sofía se sorprendió porque de verdad le había hecho gracia aquel hachazo verbal—. Pero, también como siempre, no te falta razón —se volvió entonces hacia la chica, que todavía con los ojos muy abiertos contemplaba la escena—. Sofía, ¿me acompañas un momento?

Ella, echándole un último vistazo a Yago, se puso de pie y cogió la mano que Rafa le ofrecía. Fueron dando un paseo hacia la casa, pero no entraron enseguida. Rafa le pasó el brazo por los hombros y le preguntó si tenía frío. Ella se acurrucó contra él, un poco mareada, y dándole vueltas a las últimas palabras de Yago. Echó una mirada hacia detrás, como si lo buscara, y sintió una punzada en el estómago. ¿Qué había querido decir con aquello de que era sensible? ¿Y qué si lo era, a él qué le importaba? Se apretó un poco más contra Rafa, que acogió aquel gesto con satisfacción.

—¿Quieres que vayamos dentro?

—No —contestó ella con aplomo, y se giró rápidamente para colocarse delante de él. Le puso las manos sobre los hombros y le sonrió resueltamente—. Estoy bien. No tengo frío.

El chico sonrió y le rodeó la cintura con los brazos. Ella se dejó caer un poco sobre él y estuvieron unos segundos sin decir nada.

—¿De qué hablabais? —susurró Rafa—. Con Yago, ¿qué te decía?

—Nada importante —dijo ella en el mismo tono, y sintió que las manos de él le acariciaban la espalda de forma sugerente. No pudo evitar otra sonrisa.

—Estás muy guapa. Y puede que haya hecho un poco de trampa con el sorteo de los disfraces. Es que… no quería perderme la oportunidad de estar un poco más cerca de ti. Y ya sé que te prometí ir despacio, pero… se me hace difícil.

Sofía disfrutó de aquellas palabras. De todas y cada una de ellas. Rafa le puso la mano en el cuello y se acercó un poco más. Ella giró un poco la cara, porque tampoco quería ponérselo tan fácil, pero los dos sabían hacia dónde se dirigía aquella situación.

—¿Cómo has hecho para no salir de mi cabeza? —seguía hablando él. Ella no decía nada; solo le apetecía escuchar—. Nunca me había pasado esto con nadie. He puesto un pie en España y me has vuelto la vida del revés. ¿Cómo lo has hecho?

Rafa la besó. Sus labios acariciaron los de Sofía despacio, sin anticipación, disfrutando. El alcohol que circulaba por las venas de ella escondió el nervio o la timidez, como llevaba haciendo desde hacía un rato, y se atrevió a devolverle el beso y a pegarse un poco más a él. Se acariciaron y se besaron mientras Sofía alcanzaba por dentro la cumbre de la euforia. Se sentía pletórica, se sentía guapa y segura de sí misma. No recordaba la última vez que le pasó. Rafa sabía a refresco y a alcohol, y sus manos sabían exactamente dónde actuar sin excederse. Cuando la intensidad de las caricias subió un poco, Sofía se retiró, atacada por una vergüenza que no podía ser tumbada por unas cuantas copas. Rafa entendió el mensaje y le acarició la cara, besándola de nuevo. Estuvo susurrándole cosas bonitas durante unos minutos, y después Sofía tiró de él para volver al interior de la casa, porque ya no podía soportar el frío.

Se abrieron camino entre la gente, riendo, y volvieron a buscarse una vez llegaron al salón, con la música y la fiesta como mejor banda sonora. Las horas que quedaban de fiesta volaron, como si hubiesen durado un parpadeo. Una mano en la espalda de Sofía la sacó del dulce trance en que estaba sumida en brazos de Rafa. Era Sol, que con la nariz roja por el alborozo le comentó que ya iba siendo hora de que se fueran. Ella se dio la vuelta y asintió, pero Rafa la atrapó por la cintura y la hizo retroceder un par de pasos.

—¿Y si te quedas a dormir? —le murmuró al oído. Aran apareció delante de ellos y agarró a Sofía de la mano, dando un significativo estirón.

—Muy amable, pero no. No se queda. Andando, flor.

A ella solo le dio tiempo a lanzar un beso de despedida, y Rafa le hizo un gesto como que le escribiría al día siguiente. La bofetada helada de la madrugada golpeó el rostro de Sofía y la hizo espabilar un poco, sobre todo para abotonarse rápidamente el abrigo y correr al coche de Mario, que era de los pocos que quedaba. Aran informó de que Yago le había mandado un mensaje y que Jorge y Marta habían sido correctamente devueltos a sus casas.

—Dice que Carlos y él aún van a tardar en acostarse. Vaya par. ¿Qué les quedará por hacer a las siete de la mañana?

Sofía miró su teléfono y no pudo evitar la sorpresa de que fuese tan tarde. Cristóbal, borracho como una cuba, se quedó dormido en cuanto sus amigos lo depositaron en el asiento trasero. Aran tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por abrocharle el cinturón. Sofía se dejó caer sobre su hombro buscando comodidad, pero su amiga parecía un poco más rígida que de costumbre. Ella levantó los ojos y, sin saber muy bien por qué, le preguntó:

—¿Estás enfadada conmigo?

Su amiga no se giró.

—Mañana hablamos. Ahora será mejor que te duermas. Te despertaré cuando lleguemos a Madrid.

Sofía insitió, cogiéndola de la manga.

—¿Pero estás enfadada?

Aran la miró un momento, pero no pudo mantener la dureza de su mirada más que unos segundos. Le acarició la cabeza y negó, murmurando:

—No, no estoy enfadada. A dormir —a Sofía ya se le cerraban los ojos cuando le pareció escuchar que su amiga añadía—: Ay, mi florecilla, si tú supieras.

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